Una nueva Travesía Segunda Parte


Y de los paseos por La Candelaria y de los recorridos por Chapinero, de las conversaciones con los turistas, con los baristas, con los amantes del café o simplemente con aquellos desprevenidos que, por una u otra razón terminaron haciendo nuestro tour, nos surgió una inquietud. Nos hacía falta algo. Sí, el café era bueno, buenísimo y las barras de café nos brindaban un ambiente privilegiado para el tour pero la historia, la travesía, estaba incompleta.

Durante días buscamos y buscamos, hasta que la pregunta encontró sus palabras:

¿Cuál es la historia que esconden estos extraordinarios cafés?

Decidimos salir a buscar la respuesta, nació Una Nueva Travesía:

RELATOS CAFETEROS - Una Travesía por Colombia

Hoy les dejamos un pequeño -gran- abrebocas de lo que serán estas historias. Disfrútenlo, engánchense con este nuevo proyecto y no duden en hacer parte de él. Se viene una gran Travesía y están todos invitados.

En busca del Jigual (fragmento)

"Era el año 1953 y yo no cumplía aún los catorce años cuando me escapé de la casa de mi tío en Cali. Escapaba, cansado y aburrido, de lo que se había convertido mi vida en aquella ciudad.

Salí temprano del Colegio el San Juan Bosco de los Salesianos en la Calle 8 – escapado también-, apresuré el paso por aquellas calles hasta llegar a la casa en donde vivía y antes de que llegara la esposa de mi tío eché algunas cositas en mi chuspa y agarré rápido para La Estación de Ferrocarriles. Añoraba volver a ver a mi papá de quién solo sabía que había regresado a su finca cafetera por los lados de Versalles. Yo no sabía dónde quedaba, para allá iba.

La última vez que vi a mi papá fue en 1950, cuando me fui de Toro pensando que volvería en quince días. Había pasado mi infancia en este municipio del norte del Valle, a unos veinte minutos de Cartago, al suroccidente del país. Vivíamos con mi papá, Alberto Maldonado y mis tres hermanos, Rosa, Alberto y Ernesto, mi madre, Lola, murió cuando yo tenía apenas cuatro años. Mi papá era un quindiano de familia cafetera. Su padre los había traído a él y a sus seis hermanos al Valle para instalarse en Versalles, uno de los municipios más altos y más fríos del departamento, poblado por paisas venidos de Antioquia y de Caldas en su mayoría, del antiguo Caldas claro. Allí administrarían una gran finca cafetera de la que –creo- mi abuelo era el dueño, finca que luego se iría dividiendo entre reparticiones, herencias, muertes y ventas, y de donde –creo también- saldría la finca de mi papá. Él no se quiso quedar en Versalles y se fue a vivir a Toro, se casó con Dolores, tuvo cuatro hijos y, aunque el camino a la finca se le hacía ahora más inclinado y escabroso, porque la finca quedaba al otro lado de la cordillera occidental y casi siempre le tocaba dar la vuelta por el mismo Versalles para poder ir a trabajarla, allá se quedó y allá crecí yo.

Pero para ese año la violencia se puso muy cruda. Los conservadores querían tomarse toda la cordillera occidental utilizando cualquier método, su salvajismo no tenía limite. La policía y el ejército, así como las alcaldías y las iglesias, estaban todas de su lado y a los liberales no nos quedaba más que huir o esperar la tragedia. Toro era un pueblo en su mayoría liberal y los chulavitas -la policía conservadora- no tardaron en llegar a ‘hacer la violencia’, a ‘conservatizar’ el pueblo, al principio incendiaban las casas de los liberales de las afueras del pueblo y de a poco se fueron metiendo. Nosotros éramos liberales, pero nuestra casa estaba protegida de los incendios porque vivíamos entre dos casas de conservadores, uno de ellos se convertiría luego en el alcalde. Yo estaba cursando tercero de primaria en la Escuela Pública de Toro cuando comenzó a pasar esto. Un día en la plaza, lo recuerdo muy bien, la esposa de mi tío materno, Eva Robledo, le hizo una propuesta a mi papá: “¿Alberto, por qué no dejás ir al muchacho a pasar vacaciones con nosotros a Buga?”, allá vivía ella con mi tío. Mi papá aceptó, “que se vaya unos quince días”.

Me fui entonces para Buga a pasar vacaciones, contento, sin saber que no me iba por quince días como se había pactado en un principio, sin saber que no volvería a Toro sino muchos años después. Estando en Buga la violencia en Toro se agravó aún más, estaban matando mucho liberal. Mi hermana me confesó años después que nunca había tenido tanto miedo como en ese momento. “Vámonos de aquí ya mismo” sentenció mi papá y ante eso cogieron sus maletas, arreglaron sus bártulos y se fueron para Sevilla, a donde estaba llegando mucho liberal y donde ya estaban algunos de los hermanos de mi papá que huyeron en cuanto pudieron de Versalles.

Mi papá logró comunicarse con mis tíos en Buga para decirles que no me mandaran de regreso a Toro, sino a Sevilla. Mi tía intercedió y, viendo la gravedad de la situación que se vivía en toda la zona del norte del Valle -cómo estaba de caliente eso-, convenció a mi papá para que me dejara en Buga terminando la primaria. Yo tenía diez años y allá me quedé, entré a la Escuela Pública Cabal Pombo en la Plaza de San Francisco a hacer tercero, en esa época entraba uno a hacer la primaria a los siete años porque el catecismo astete, que era el que se enseñaba, decía que el ser humano tenía uso de razón solo a partir de los siete años, entonces a esa edad entraba uno a estudiar.

Pero no había aún terminado tercero cuando mis tíos decidieron irse para Cali y yo iba ahí, detrás. Llegué a Cali a terminar ese ya interminable curso por el que había pasado en Toro y que había vuelto a comenzar en Buga. Ingresé a la escuela República del Perú, ya era el año 1952, pasé luego a la Escuela número 7 pero no me adapté aunque al fin terminé tercero. Ya en cuarto de primaria fui a dar al colegio San Juan Bosque que era de los Salesianos y que quedaba muy cerca de donde yo vivía, me acuerdo que llegaba uno a rezar por las mañanas y en latín, óra pro nóbis peccatóribus… nunc et in hóra mórtis nóstrae… en fin.

Pues le fui cogiendo fastidio muy rápido al colegio y a la vida en Cali. En el colegio la disciplina era sumamente rígida, se descuidaba uno un poquito, se salía uno un poquito de la fila y tome su pitazo de acero en la cabeza o tome su barillazo en la piernas, la época de ‘la letra con sangre entra’. Insoportable. Eso no iba conmigo. Estaba aburrido de los Salesianos y de mis tíos también. Supe que mi papá, ya en 1953, pudo salir de Sevilla para instalarse con Rosa y Hernesto en la finca y retomar las riendas de lo que el encargado había dejado más o menos abandonado, aunque no lo había perdido –o vendido- todo, por eso tal vez mi papá lo siguió empleando mientras tuvo la finca. Un día mi prima, que también fue muy severa conmigo esos años en Cali intentó pegarme yo ya no me acuerdo por qué y me tocó pararla, “usted a mí no me toca, el único que me puede pegar es mi papá”, ese no era el trato que me merecía, fue ahí cuando tomé la decisión de irme, no me podía quedar más en Cali y sin decirle una palabra a nadie, ni a mis tíos, ni en el colegio, ni a nadie, me fui a buscar a mi papá a su finca con lo único que conocía de esta, su nombre, El Jigual se llamaba... "

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